Triball en Madrid: ¿Gentrificación, recuperación del barrio o negocio que expulsa a los vecinos?

by gentrisania

triball mapa

La zona de Triball en el madrileño barrio de Malasaña ha experimentado una transformación en la que se dan la mano la iniciativa privada, el interés por revivir comercialmente barrios degradados y la sustitución de sus vecinos por otros con mayor poder adquisitivo. Es lo que se conoce como gentrificación. Puedes leer el artículo completo aquí.

Gentrisaña respondió a las preguntas de Qué.es sobre la gentrificación en Malasaña. Os dejamos la versión completa del cuestionario:

– ¿Cuáles son las principales diferencias entre la zona de la calle Ballesta hace cinco años y ahora?

En 2008 aproximadamente empieza a funcionar TriBall (Triángulo Ballesta), el nombre comercial de un conglomerado de empresas especializadas en la rehabilitación y gestión inmobiliaria que desembarcó en la zona en torno a las calles Ballesta, Desengaño y Barco. Con este nombre ha quedado rebautizada comercialmente – y en ocasiones institucionalmente- la zona baja de Malasaña.

A partir de entonces, se llevaron a cabo reformas en los viales, con la peatonalización parcial de algunos tramos, que junto con la reforma de la calle Fuencarral ha hecho que esta zona se beneficie del tránsito comercial derivado de la Gran Vía como de la propia calle Fuencarral. Cerraron los prostíbulos y en su lugar abrieron tiendas de jóvenes diseñadores. Tras el escándalo del asesinato de una mujer en 2006 abrieron la comisaría de la Plaza Luna, que fue reformada como una plaza dura donde se realizan numerosos eventos comerciales.

También cerraron los cines Luna, que tras años de abandono y ocupados temporalmente por la Semana de Lucha Social en 2009, albergan hoy un gimnasio privado, el cual se anuncia como un  resort de lujo a precio asequible en el centro de Madrid.

– ¿Han sido transformaciones positivas o negativas?

Depende de la escala de valores con que lo midamos. Superficialmente se podrían considerar positivas porque la zona es ahora aparentemente más segura y limpia. Pero éste no es un criterio suficiente, ni debe ser el único. En primer lugar, como resultado del proceso de renovación, el barrio no ha obtenido una mejora sustancial en términos de equipamientos públicos y dotacionales. Más bien al contrario, su centralidad como zona de ocio implica una creciente mercantilización del espacio público, que se pone al servicio de los procesos de acumulación del capital en la ciudad.

Por otro lado, existe también una fuerte tensión al interior del proceso de gentrificación que puja por el desplazamiento de población del barrio menos deseada y por su sustitución por otras poblaciones con más recursos económicos. A esto se suma además la coyuntura de crisis económica, en la que todos somos más vulnerables a dichos efectos.

– De forma sencilla, si es posible, ¿en qué consiste la gentrificación?

La palabra gentrificación es un anglicismo, procedente etimológicamente del inglés “gentry” que alude a la clase alta, burguesía o nobleza. Se trata entonces de un dinámica de recambio urbano, en el que zonas tradicionalmente céntricas -pero no sólo-, que son consideradas degradadas, inician un proceso de renovación urbana y revalorización económica y social, que conlleva un patrón de desplazamiento, tanto de la población como de usos y hábitos existentes, por otros que se consideran más rentables. Tradicionalmente los estudios urbanos mantuvieron dos enfoques sobre el tema, uno procedente de la tradición geográfica marxista, que ponía el acento en el rescate de plusvalías privadas generadas en dicho proceso de revalorización; y otro más encuadrado en la sociología del consumo, que entendía que la base de los proceso procedía de los cambios en los hábitos de vida de la población. A día de hoy esos enfoques son complementarios y la gentrificación se reconoce como un fenómeno complejo, estudiándose desde diferentes vertientes en su interior: el despegue inmobiliario, el desplazamiento y sus resistencias, el cambio en el comercio, las nuevas pautas de consumo, así como el rol de la cultura, de las instituciones públicas, y privadas.

– ¿Se puede hablar de que ha existido/existe un proceso de gentrificación?

Sí, existe un proceso de gentrificación inducido por la empresa privada con el apoyo del Ayuntamiento de Madrid. Se busca reproducir de manera abierta y canónicamente un proceso de gentrificación, que comienza con el recambio comercial (su primer slogan fue el de la “okupación creativa”, cediendo locales a artistas) pero que no es sino un modo de inversión en un espacio de máxima centralidad, cuya rentabilidad en origen se cifraba en un 30% de la revalorización del suelo.

Sin embargo la gentrificación aún no ha concluido. Quizás es porque existen más resistencias de las esperadas. Al fin y al cabo no resulta tan fácil arrasar con los conflictos de la ciudad existente. Por un lado, la prostitución está logrando “convivir” con los escaparates de moda. Por otro lado el proceso de gentrificación inducido no acaba por encontrar a su sujeto, o el menos no en términos de valorización de capital privado.  Resulta que, el joven emprendedor al que se alude para abrir nuevos negocios, es un no-tan-joven precario endeudado con necesidades básicas de vida y reproducción que no están en ningún modo satisfechas.

Por otro lado, los niveles de resistencia del territorio son hoy mayores, sobre todo por su capacidad de autoorganizar el barrio mediante diversas experiencias: desde los centros sociales, los grupos de consumo y los solares autogestionados, desde el pequeño comercio que todavía resiste, y con movimiento contra los desahucios, que también afecta a la propiedad del suelo, se alcanzan mayores niveles de reconocimiento del territorio como mutuo que hace unos años.

– ¿Habéis tenido constancia de presiones a vecinos y vecinas para que abandonasen el barrio en este proceso?

Los procesos de gentrificación tienen una parte invisible. Se trata de la presión en los alquileres y en los precios de las viviendas, y en algunos casos, de mobbing inmobiliario. En Malasaña también ha habido algunos intentos de desahucio, pero afortunadamente algunos se han parado  (#Marisa se queda). Hace ahora un año el Ayuntamiento de Madrid también intentó, por su parte, deshacerse de un edificio en la calle Madera, perteneciente a la Empresa Municipal de la Vivienda, y donde residían alrededor de veinte familias alquiladas, para venderlo a una empresa de negocios inmobiliarios. Otra de las presiones que se ejercen fuertemente es sobre el precio de los locales, que desplazan al pequeño comercio tradicional a favor de las franquicias, pero no sólo, también han tenido que cerrar algunos bares y salas famosos en el costado más underground del barrio. El efecto de la Gran Vía convierte, cada vez más al barrio, en un lugar de servicios en detrimento de las necesarias dotaciones sociales, que se empiezan a resolver por la vía privada.

– Como centro social radicado allí, ¿cómo ha actuado el Patio Maravillas ante este proceso?, ¿qué valoración hacéis del mismo?, ¿qué relación mantenéis con los nuevos espacios/tiendas?

El Patio Maravillas, desde que inicio su andadura en 2007 siempre ha tratado de poner atención sobre el territorio que habita, es decir sobre el barrio de Malasaña.  En este sentido se comenzó a trabajar con las asociaciones vecinales y AMPAS de los colegios del barrio en la gestación de las fiestas populares autogestionadas. El Ayuntamiento de Madrid había prohibido las mismas desde  2006, con una clara noción desde la que el espacio público se ve siempre mediado por un retorno económico.

En 2010 el Patio Maravillas participó en la campaña antitriball promovida por el colectivo Todo por la Praxis, en la que se elaboró un mapa alternativo de los comercios de Malasaña que apostaban por otro modelos de tejido barrial.

Desde el inicio, nuestra actitud y participación en el proceso de cambio del barrio siempre ha sido autocrítica, planteándonos hasta qué punto el propio centro social no sostenía en cierta forma la propia dinámica de gentrificación. Una paradoja de estos procesos es que, los movimientos alternativos, artísticos, sociales o políticos, resultan en ocasiones los primeros en recualificar ciertos territorios, abriendo la puerta involuntariamente a procesos de gentrificación (en Europa existen bastantes casos similares, como en Berlín). La estética y el imaginario de “lo alternativo” resulta un reclamo capturado desde los nuevos negocios que se abren en el barrio.

En este sentido siempre hemos intentado desplazar dos ejes en la cuestión de la gentrificación. Uno es pasar de lo individual a lo colectivo. Considerar el territorio que compartimos un problema común y por tanto una cuestión de democracia, elegir cómo queremos vivir y en segundo lugar pasar de la confianza absoluta en la alianza público-privada a la necesidad colectiva de tener derechos materiales sobre el territorio, que lo público se alíe con lo común y atienda a las cuestiones ciudadanas. La estética del barrio es en última instancia una anécdota, si hay una buena legislación sobre alquileres que no haga que te expulsen de tu casa, unos derechos asociados que permitan cuidar a la población mayor o unas dotaciones básicas accesibles a todos.

A día de hoy estamos impulsando Gentrisaña, un espacio de encuentro y de discusión crítica desde el que analizar las transformaciones del barrio y proponer nuevos modelos, capaces de resistir las contradicciones de la gentrificación. En este momento estamos trabajando sobre la nueva Ordenanza Cívica propuesta por el Ayuntamiento de Madrid, con la que se pretende normativizar y penalizar cualquier conducta disidente en el espacio público de la ciudad.

– ¿Ha cambiado la convivencia en el barrio en este tiempo? ¿a mejor o a peor?

Esta es una pregunta complicada, porque en última instancia, ¿quién es el legítimo vecino de un barrio de moda del centro de la ciudad? Documentándonos sobre el barrio hemos recogidos puntos de vista que consideran que el proceso de gentrificación en Malasaña comienza con La Movida, treinta años atrás, lo que da muestra de la complejidad a la hora de establecer la línea que separa lo auténtico y tradicional, de lo nuevo, lo foráneo. Este tipo de puntos de vista nos parecen peligrosos. De por sí, un barrio como Malasaña cambia completamente sus dinámicas entre los días de diario y los fines de semana, donde otro tipo de población, no residente, hace uso de ese espacio. La convivencia ha de resolverse entre ambas maneras de vivir el barrio bajo una lógica de respeto.

Lo que sí ha cambiado afectando a la convivencia son los procesos más invisibles de precarización de la vida y los servicios, la presencia policial y su relación, por ejemplo, con el acoso a la población migrante que vive aquí y viene al barrio; así como la situación de los colegios y las dificultades para acceder a una vivienda. Son cuestiones estructurales que no se suelen medir en los análisis sobre la convivencia pero que la condicionan enormemente. Por ejemplo, existe una relación directa entre la percepción de limpieza o suciedad del barrio y los recortes en los servicios de limpieza del mismo.

En definitiva, lo que nos planteamos desde el Patio Maravillas es que la ciudad es un enorme espacio de riqueza social y que los procesos de gentrificación son parte de una dinámica de extracción de la misma, que lejos de ser redistribuida, alimenta los procesos de acumulación del capital, empobreciendo económica y socialmente nuestros barrios.

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